
CARTA A LOS LAICOS
QUERIDOS LAICOS:
Recordemos lo que nos dice la Iglesia con su magisterio sobre el Sacerdocio, el de Jesucristo, el de los ministros, el nuestro de los bautizados.
Empezamos por decir que Sacerdote no hay más uno: Jesucristo, que se ha ofrecido a Sí mismo como víctima sobre el altar de la cruz para dar toda gloria a Dios y para salvar al mundo.
Sin embargo, Jesucristo consagró a los apóstoles en la Ultima Cena, y dejó en su Iglesia el Sacramento del Orden, con el cual los Obispos, sucesores de los Apóstoles, imponen las manos y consagran sacerdotes ministros para servicio de la Iglesia.
¿Y los laicos? ¿Cómo somos sacerdotes?
Nosotros, por nuestro Bautismo y por la Unción del Espíritu Santo, tenemos un verdadero sacerdocio. Estamos consagrados como sacerdotes y participamos del único sacerdocio de Jesucristo.
Por medio de los sacerdotes ministros, ofrecemos a Dios la misma y única Eucaristía.
Con la recepción de los Sacramentos, junto con los sacerdotes ministros, ejercemos continuamente nuestro verdadero sacerdocio.
Con nuestra oración y acción de gracias, tributamos a Dios el sacrificio de alabanza.
Con nuestro trabajo y nuestro sacrificio, levantamos continuamente a Dios una hostia santa, fruto de nuestra abnegación y entrega.
Con la pureza de nuestros cuerpos y vida santa, somos continuamente una hostia viva, santa y agradable a Dios.
Con nuestro amor que actúa siempre y se prodiga a los demás, nos damos como Cristo en la Cruz para la salvación de todos.
Con nuestra vida metida en medio del mundo, y con nuestro testimonio, vamos consagrando el mundo para hacerlo más digno de Dios.
Todo esto —señalado expresamente por el Concilio— es el ejercicio de nuestro sacerdocio.
El ejercicio del ministerio puede ser muy honroso y meritorio, pero lo grande ante Dios es ser verdaderos sacerdotes, tanto el hombre como la mujer, por haber sido consagrados como tales por el Bautismo y la Confirmación, que nos comunicó abundantemente el Espíritu Santo.
¡Qué grande es el cristiano, siempre alzando la hostia de su oración y de su trabajo ante Dios!...
¡Qué grande es el cristiano, hecho hostia con Cristo con una vida pura!...
¡Qué grande es el cristiano, que junto con el ministro de la Iglesia ejercita su sacerdocio en la ofrenda de la Eucaristía!
El cristiano, todo cristiano, es mayor que un rey, un emperador o un presidente, y no envidia nada, ni a los Ángeles del Cielo, porque con Cristo y en unión de Cristo asiste siempre ante el Altar de Dios para tributarle honor, alabanza, y para salvar con Cristo al mundo...